Multicultural, multirracial...
Piso 1, Romo
Barcelona. La ciudad condal. La de las luces…¿o esa es otra? Bueno…da igual…El caso es que el puente tocó moverse de mi peazo de agujero (mi pueblo) y decidimos ir pa’lla…Llegamos a la ya mencionada ciudad, y toca coger el metro. Sabemos en qué parada bajar, pero no sabemos dónde está el albergue, ni siquiera la calle. Situación: cinco chicas con unas maletas enormes, con los bolsos bien agarraos, paradas en mitad de la Rambla a las 7 de la tarde, hora punta, tanto para el tráfico de coches, como para el de personas (y no hablo de prostitución o esclavitud, que los catalanes son un poquito radicales, pero no tanto). Bueno, pues como preguntando se llega a Roma, preguntando encontramos la calle, y hacia allí nos dirigimos. Cuando entramos en la calle flipamos. Moros a izquierda y a derecha, negros y chinos, sudamericanos, gente con turbante, con túnicas, con camisetas de baloncesto a la americana, con medias rotas, palestinos, rastas, rapaos, con cresta…las personas más variopintas del mundo se encontraban reunidas en esa calle. Multicultura que se le llama ahora ¿no? Yo tengo que reconocer que estaba acojonada, la gente nos miraba, nosotras mirábamos los números de los portales (era el único dato que teníamos de la situación del albergue), cuanto más avanzábamos más gente rara había, y más nos miraban. Cuando llegamos al cruce de otra calle, vemos un montón de gente allí reunida: unos moros que vendían latas de coca-cola (que luego descubrimos que lo que vendían era otra cosa mucho más pardusca, y en ocasiones mucho más blanca, así como la nieve, casi casi…), gente parada mirando al vacío; mujeres de reputación más que dudosa; chicos y chicas, jóvenes, y no tan jóvenes, gritándose entre ellos, dejando a la vista bocas negruzcas, desdentadas…En fin…la crème de la crème de Barcelona allí reunida. Gracias a dios nos dejaron en paz, nos vieron cara de pardillas y pasaron de nosotras. Al día siguiente, a la luz del día, y después de descansar en el albergue (que estaba de lujo, la verdad), me di cuenta de que lo que el día anterior había observado con miedo, con pánico casi, no era más que gente normal (la mayoría, no todos) que se ganaba la vida como podía, la única diferencia era el color de su piel, su vestimenta o su peinado. Me di cuenta de que por mucho que presuma de ser una persona liberal, moderna y antirracista, en realidad estoy llena de prejuicios, y que ante mi propia ignorancia, actúo con una de las sensaciones más comunes junto con el rechazo: el miedo.
La verdad es que al día siguiente todo me pareció perfecto, me impresionaba la armonía con la que todo el mundo convivía siendo de distintos países, culturas y religones. Me maravilló. Sustituí el miedo del día anterior con fantasías utópicas sobre el mundo perfecto. Y aunque sé que eso no es posible, se puede intentar, como en aquella calle de Barcelona, donde, la verdad, no funciona nada mal. Yo me largo a Barcelona. Sin duda.

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