Mi maleta y yo
Piso 1
Con tanto ir y venir de Donosti a Bilbo, tu vida comienza a cambiar considerablemente. La independencia hace que empieces a tener necesadides distintas. En mi caso, y debido al ajetreo, mi nueva carencia ha sido una maleta.
A día de hoy, siempre que me he visto a falta de una valija, con pedirla prestada había sido suficiente. Pero llegados a este punto era de vital necesidad la compra de una nueva, especialmente tras comprobar que en casa las únicas eran las de loneta típica. Así pues, me fui de tiendas en busca de la maleta perfecta: consistente, con rueditas, larga asa y precio asequible. Misión imposible: la bromita no bajaba de los 80 euritos. Por lo que terminé en un "Bazar Chino" pagando 24 euros por una de sospechoso tembleque rodal.
Así es como ha pasado a convertirse en un ente indispensable de sentimientos propios. Desde aquel día la maleta es un objeto afincado en mi vida. Es parte del mobiliario, sea cual sea mi ubicación. Desde una esquina de mi habitación me recuerda que sólo estamos de paso. Cerrada, abierta, a medio hacer o a medio vaciar me recuerda que pronto hay que irse.
Mientras la hago, a menudo tengo la impresión de que a quién realmente estoy montando es a mí misma. Es como si esa habitación desordenada, en vez de trastos, tuviera desperdigados por ella pequeños trocitos de mí; como si cada vez que llego a casa me rompiera en cachitos. Como si llegar a un nuevo lugar hiciera que mi realidad y estabilidad se partiera mil pedazos... Sacar la ropa de ella provoca en mí la sensación de estar vaciándome; de quedarme vacua; de no albergar en mí otro sentimiento que el profundo y desolador vacío.
Cuando por fin ordenas todo, metiendo las ropitas en sus respectivos cajones y situando cada cosa en su lugar; comienzas a asentarte tú también. Te vuelves a encontrar y, con ello, reaparece la estabilidad. Pero sabes que será por poco tiempo; porque ese trasto te grita en silencio desde su situación esquinera que tienes que largarte.
La independencia hace que valores de una manera diferente la comida, tus sábanas, tu "amatxo"... y comienzas a tener necesidades distintas como las de tener siempre chocolate en el armario (para llenarte cuando la sensación de huerooquedad te invada) o la de cocinar con mucho amor para conseguir el cariño de tu nueva familia; puesto que sólo ellas son capaces de hacerte sentir indispensable.

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