Mensaje en una botella
Piso 1, Romo
Chine. Cabreo. Enfado.
Malestar. Tristeza. Depresión.
Apatía. Astío. Zozobra.
Desidio.
Qué asco de sábado. Así; no quiero decir más. Me han pasado muchas cosas malas esta semana, pero lo ocurrido no importa. El caso es que el sexto día de esta mi MIERDA DE SEMANA de largo puente y poco que hacer casi acaba conmigo. Hice cosas, pero actuaba sin pensar. O mejor dicho: sólo pensaba. Estuve sumida en reflexiones durante las escasas 10 horas que duré despierta (también he de reconocer que la hora de acostarme del viernes se pospuso hasta las 10 a.m. del día siguiente). !Ah, claro! Lo que te pasaba era cúmulo de sueño y resaca... que puede ser; pero me inclino más por pensar que toda esta alegría que me había acompañado el último mes habría de desaparecer algún día. Porque siempre lo hace. El buen rollo no dura. Siempre hay algo que la destruye y te devuelve a ese puto estado de ánimo del que no consigo salir desde que tengo uso de razón. Creía que desaparecería tras la adolescencia, pero no: siempre retornas al ayer. A la infancia.
Esa frase que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor es mentira; por lo menos en mi caso. Cualquier tiempo presente es mejor que el anterior, pero el ayer no me deja disfrutar del mañana. A menudo siento que estoy marcada como si fuera una vaca; una res. Como si tuviera la letra Escarlata bordada en el pecho. En el cerebro. Y siento que la gente es capaz de verla y que me discrimina por ello. Pero no; soy yo la que discrimina a los demás. Soy yo la que se aleja por sentirme distinta. Tal vez en eso está el fallo: el egocentrismo que me hace creerme diferente; creerme especial.
No soy especial, lo sé. Pero mi mente me la juega, haciéndome creer que mi dolor me distingue del resto. Y culpo al mundo por haber sido yo la elegida para vivirlo. En ocasiones odio la raza humana por haberme hecho así; pero el sentimiento de culpa acaba haciendo que a quien odie sea a mí misma. Tú te lo has buscado, me recrimina la puta conciencia. Y sé que no es cierto; que hay cosas que se me escapan y que no puedo controlarlo todo, pero siempre acabo considerándome responsable de todo lo acontecido en mi vida.
La razón por la que comencé de nuevo con estas dudas existenciales fue una canción que dice que "para ser feliz tan sólo hay que olvidar el pasado". Nunca hubo una frase mejor dicha: corta, sencilla y fácil de recordar. Lo que no resulta tan simple es llevarla a la práctica. Ójala algún día consiga convertirla en una realidad para mí, pero de momento me limitaré a dejar de escucharla y a hacerme la cena; que a pesar de contar con unos padres que faciliten mi vida, ya no tengo a nadie que me la solucione.

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