Atentado al lenguaje
Piso 1, Romo
Hoy me quiero dirigir a tod@s aquell@s super enamoradill@s de este planeta tan maravilloso, para reflexionar acerca del peculiar dialecto de carácter un tanto cursi que se apodera de nuestros labios y lengua cuando nos encontramos en este estado de ánimo tan pero que tan divino.
Cuando comienzas la relación, te limitas a llamar al otro por su nombre. Pero al poco, se comienza a hacer uso de coletillas como chiqui o bichi o cuqui o lo que sea, da igual mientras que acabe en "i".
Luego vienen los apodos cariñosos, tales como mi vida, corazón o mi amor. Este último, además, acaba degradándose hasta el punto de llegar a oirlo sin el "mi". Hoy en día ya no es raro escuchar a una pareja por la calle diciendo "amor, dame un cigarro" o "ya te dicho, amor, que no quiero". Que digo yo que, ahora que en Gran Hermano contamos con otro personajillo llamado de igual modo, cambiarán las connotaciones de la palabreja y conseguiremos olvidarla para siempre.
Después están los típicos. Con lo ridículos que parecían en boca de otros, ¿por qué son tan pocos los que se libran de hacer uso de los mismos? El de churri, por ejemplo. A ver, cualquier machote que se precie debería propinar una paliza a todas esas novias que los apodan de tal manera, dejando al descubierto su PEQUEÑO gran secreto. Y no hablemos ya de las que especifícan, aún más si cabe, con eso de Pi(to)churri(llo)...
El de cari, también, se las trae. ¿Qué es eso de llamar a tu chavala como si de una cacatúa se tratara? Pero el que se lleva la palma es el de gordi. ¿Que me has llamado el qué, dices? Para vacas tu puta madre, cabrón. Toda la semana haciendo dieta para esto... ¿desde cuándo a una tia le gusta que le recuerden que esas mollitas no son bonitas? Con lo que les cuesta hacer que nos despelotemos, van y la lían así...
Luego están los que no se andan con rodeos y van directos al grano. Chocho, titi o culito son sólo algunos de estos sobrenombres tan pero que tan cariñosos. Pero ojo, no confundir y utilizarlos de ligoteo, que más de uno ya se ha comido un buen bofetón...
Pero los mejores son los de cosecha propia. En mi caso, menos de dos meses han bastado para olvidar mi nombre. Ahora soy Annett, xiri-miri o patxintxi (no preguntar por qué). Lo peor de todo es que cuando te llaman así, en vez de preguntárle al de enfrente si es gilipollas, le pones ojitos y contestas con voz bobalicona. Y es, entonces, cuando una se cuestiona quién es más subnormal de los dos. ¿Será que el amor afecta a las neuronas? ¿Destruirá o mutará nuestros genes? ¿Será permanente? De serlo, ¿no es mejor olvidarnos de él e hincharnos a éxtasis, que seguro que te sale más económico que un novio?
Desde aquí, hacer un llamamiento a tod@s aquell@s enamorad@s para pedir, por el amor de Dios, no contaminar a todos los hispano-parlantes con tanta cursileria y horterada. Yo me comprometo a intentarlo y a tratar de hacer que mi alrededor tampoco haga uso de tales sobrenombres.
Por una lengua rica y refinada; gracias, nenes.

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