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Crónicas Independientes
¿Cómo se sobrevive fuera de casa? Cuatro chicas perdidas en Bilbao.

17/12/2007 GMT 1

Un Kit-Kat

cronicasindependientes @ 14:30

Piso 1, Romo
-¡¡¡Ane!!! Las 9 y 20, ¡¿quieres hacer el favor de levantarte de una santa vez?!
Joder, me encanta volver a casa. ¿Qué fue de aquellos "buenos días, cariño" con un vasito de zumo recién exprimido, mamá?
Es viernes y he tenido que volver a Donosti porque me toca hacer la visita anual al dentista (¡iuju!). Como siempre, me he dormido; por lo que deprisa y corriendo me meto a la ducha (arrastrando las sabanas tras de mí).
-¿A la ducha ahora? ¡Que no llegamos!
Hay de verdad, yo también te quiero. Pongo la radio y, mientras enjabono mi delicada piel con mi querido gel Natural Honey con un dulce aroma a avellana, le hago los coros a Shakira. La vieja sigue rayando detrás de la puerta... "creo que empiezo a entender- despacio, despacio..."
Salimos de casa a toda leche... ¡ostia, qué frio! Corremos hasta el bus, ruego al chófer que nos abra la puerta... nos abre la puerta (¿quién puede resistirse a esta carita de buena?). Montamos. El autocar está repleto: niñas que van al cole, universitarios que Dios sabe dónde irán, gente iendo al curro, inmigrantes a hacerse el pasaporte (por lo que pude oir posteriormente) y demás gente extraña que ni sé ni quiero saber dónde se dirigen. Mi madre se sienta en el único sitio libre y yo hago lo propio sobre un alto para dejar bolsas, situado justo encima de ella. Me mira y empiza a decir que si me parece normal, que si que haga el favor... ¿me vas a ceder tu sitio? Pues ajo y agua, que bastante me jodiste el plan ayer (me obligó a dormir en casa para que ella pudiera dormir tranquila. ¡Joder, que llevo 4 días de abstinencia! Qué asco madre...).
Nos apeamos todo lo rápido que nuestras extremidades congeladas lo permiten y llegamos a la estación del topo.
-Pues al final hemos llegado pronto (son las 9.50 a.m. y el topo sale a las 10.15. De verdad, odio a la histerias de mi madre). Se va a comprar el periódico, vuelve, se sienta, se vuelve a levantar para verificar que aún tenemos 20 minutos...
Montamos en el primer vagón porque "así luego salimos antes" (en serio, insufrifle). Las puertas están abiertas y el invierno se hace patente por todo el lugar en forma de ola de frio proveniente de Inglaterra, la cual azota la meseta norte de la península. ¡Joder, con el aire acondicionado! A penas un par de personas ambientan el vagón. Nadie habla. Sólo tiritamos.
Las puertas finalmente se cierran, dando a entender que "el tren con destino Hendaia va a efectuar su salida". Y efectivamente. A medida que el topo va haciendo su recorrido, comienza el ajetreo de gente que viene, se sienta, se va... pero nadie dice nada. Sólo el sonar de los raíles se atreve a romper el sepulcral silencio. Personas leyendo el periódico, algún libro, ojeando apunteses, escuchando música o simplemente contemplando el helado paisaje se aferran a sus cazadoras y temblorosos anidan sus asientos. Sólo son sus caras las que con gesto disuasorio dejan entrever la angustia, el estrés, el cansancio... en definitiva: el frio.
De repente un ecuatoriano de unos 40 años (bastante alto, la verdad) entra en nuestro vagón. Vestido con una gorra azul, chamarra amarilla, pantalones verdes y zapatillas deportivas nike de color blanco, saca su guitarra de la funda y comienza a entonar una canción. Era una bachata que un amante había escrito a su mujer, pidiéndole que por favor no le culpara por amarla de tal modo. Todos los allí presentes quedamos asombrados con la irrupción y buscamos una cara amiga a la que sonreir demostrando nuestra perplejidad. A medida que iba avanzando la melodía los enfurruñados gestos faciales iban relajándose, deribando en una amable sonrisa (parecida a la de la Monalisa). Según sacó el primer pasajero la cartera , cuatro más repitieron la jugada (mi madre inclusive; acto no presenciado en mi vida anteriormente), por lo que al terminar el tema, el immigrante se hizo con una buena recompensa. Al llegar a la siguiente parada bajó mientras alzaba su mano sonriente; deseándonos a todos, simplemente, buenos días.
Una sensación extraña invadió el vagón. Mi madre y yo comenzamos a hablar de lo bonita que era la canción y, en seguida, dos viajeras más se unieron a la conversación, la cual duró hasta el fin del trayecto. Ya no hacía frio.

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