De visita en Tráfico
Piso 1, Romo
En estas, mis maravillosas vacaciones de Navidad, estoy teniendo que hacer de todo menos descansar. Los madrugones siguen siendo los mismos que antes de acabar las clases; lo único que ha cambiado han sido las actividades.
Ayer tuve que ir a Tráfico a por un papeleo para mi novio. Es uno de esos encargos que te comprometes a hacer por la culpabilidad que sientes por estar de "fiesta" y ver que alguien que tiene que trabajar tantas horas se ve metido en un lio. Vamos, un marrón que tú misma te buscas. Total, que me presenté allí sin más identificación que mi DNI y el número del suyo. Como me había dormido, cojí un taxi para llegar antes; y al hacerlo me encontré con otras 150 personas haciendo cola. Estuve un rato haciendo alarde de mi encefalograma plano hasta que enganché al guarda de seguridad por banda. Me evitó la espera de información y me dio los papeles pertinentes; aconsejándome venir mañana con la documentación requerida (y que, por supuesto, me faltaba). Muy simpático él.
Pues hoy he vuelto. También me he dormido, por lo que he ido en taxi, de nuevo. He vuelto ha hacer cola para información (y ver como una frígida estirada me tomaba por tonta), luego he tenido que hacer otra para pagar las tasas (¿tasas de qué? ¿Por imprimir una lista que no supone ningún tipo de tramite, mas que el de darle al botón de imprimir en el ordenador?), más la hora y cuarto de espera a que llegara mi turno. Cuando por fin ha llegado: un sellito; una firmita y...
-Tiene que venir él mismo.
¿Que qué? Pero si ayer... pero si vengo con la autorización... pues no. Me cago en el puto funcionario, en su madre, en el estado, en el gobierno y en Aznar. Arriba esa administración y funciones públicas de las que tanto alardea Zapatero; la cual poco tiene que envidiar a la de cualquier país tercermundista. ¡A tomar por culo! He sacado a la chunga-chumbeta que llevo dentro y le he montado un Cristo de los de no te menees. Me he ido gritando dejando olvidada a la pobre y adormilada amiga, la cual he engañado para que me acompañara.
Vamos, que he quedado como una niñata delante de todo el mundo, además de la sensación de estúpida con la que me he quedado: primero, por el dinero que me he gastado; segundo, por los madrugones que me ha supuesto; y tercero, por no saber que no sólo es que las cosas de palacio vayan despacio; sino que, además, no debería meterme donde no me llaman.
Así que para otro día: zapatero a tus zapatos.

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